De Holanda a México. Algunas reflexiones sueltas I
Estuve un par de semanas de visita en uno de los países con mejor calidad de vida del planeta. Me desconecté de todo lo que pasara en el país y quizá en el mundo. En el avión leí El País y me enteré de que Brasil había ganado la sede olímpica. En el Twitter percibí la sempiterna depresión mexicana: ¿ya ven? Brasil es un gigante, una potencia, una promesa a punto de hacerse realidad… cosas así. Pensé que, en efecto, Brasil es más grande en México: lo es en territorio, en población, en alegría (esto es subjetivo), en belleza (esto es más subjetivo todavía), en pobreza y en desigualdad. Sus indicadores de desarrollo se elevan y decir que será uno de los pocos países en el mundo (no sólo en América) que creceré en esta temporada de crisis, es ya un dato revelador. Muy bien por ellos.
Pero pensé que la comparación con Brasil es facilona y, en el fondo, queda un rastro de esperanza: serán mejores ahora, pero México podría hacer bien las cosas y superarlo. No, señores, si de verdad quieren ver la miseria y el atraso mexicano, comparen este lindo, precioso, inigualable país con las verdaderas potencias o al menos con esos países donde la vida del ser humano ha encontrado otros derroteros. Y, claro, la comparación con Holanda que hice no hizo sino que resaltar mi percepción sobre la miseria de este país.
No se confundan: vivir esta existencia es igual de difícil aquí que allá. Pero allá la vida sí vale. En México la vida no vale nada. No es que sea más bonito o más lindo. No. La miseria a la que me refiero no tiene que ver ni siquiera con la pobreza (con la estrella de ser ciudadano de un país empobrecido, en cualquier viaje que hago encuentro a los miserables, que son, estos sí, ciudadanos del mundo). La miseria a la que me refiero es moral, ética, cívica. Al menos en esas áreas, México es un país mediocre y lo es porque le gusta serlo.