Voto nulo o voto compromiso
El voto es el instrumento por medio del cual los ciudadanos deciden quiénes los gobernará. Jesús Silva Herzog lo ha dicho ya: no es una cosa que convoque a la experiencia poética, trascendental o mística. La suma de este instrumento da la victoria a unos y con ello, acceso al poder democrático. Poder que no es otro que el de decidir a dónde va el dinero o, si se prefiere, el voto define quién distribuye los recursos que la misma ciudadanía ha dado a través de la recolección de impuestos. Atención: votar no significa instruir a un individuo para que realice una orden determinada. Es, si se quiere, un acto de fe: el votante confía en que su representante hará su tarea al frente de la administración pública. Es por esta razón que no hay una votación de gremio: los carniceros pueden votar por un abogado y los economistas por un vendedor ambulante.
El voto premia o castiga. Ni siquiera aspira a dar la razón a nadie. Es tan simple como esto: “me gustó tu trabajo, regresa; no me gustó, vete”. Dice Silva Herzog que ahí está su poder. Y, entonces, ¿a quién premiará el voto nulo? A los partidos que tienen ya una masa de votantes que votarán por ellos así tengan de candidato a un porro profesional. Y castigarán a la chiquillada. Ahí está el valor de esta propuesta: el que anula su voto está diciendo a los que aspiran llegar al 3% “no queremos financiar más burocracias partidistas, sólo queremos a los grandotes y a los medianos”. Porque el PVEM y el PT (e incluso Nueva Alianza) tienen por seguro que sobreviven a esta elección. Los demás (PSD) se despedirán con todo y sus novedades. Así que si quiere mandar a volar a los partiditos, vote en blanco.
Y tenemos la propuesta de Alejandro Martí: voto por ti si te comprometes a hacer lo siguiente:
- Reducción de los índices de Impunidad
- Incrementar los Niveles de Denuncia Ciudadana
- Disminuir Condiciones Generadoras de Inseguridad
- Reintegrar a los ciudadanos su derecho a expresarse libremente durante los procesos electorales, los cuales fueron limitados por la reciente Reforma al Artículo 41 Constitucional.
- Ampliar el Servicio Profesional de Carrera a todos los órdenes de gobierno.
- Posibilitar la operación efectiva de las figuras de plebiscito, el referéndum y la iniciativa popular.
- Posibilitar la reelección de diputados, senadores, presidentes municipales y delegados, como un mecanismo democrático de refrendo o rechazo al buen o mal desempeño de sus funciones.
- Eliminar los diputados y senadores plurinominales o de representación proporcional.
Esta es una agenda política. Eso de “reintegrar a los ciudadanos su derecho a expresarse libremente durante los procesos electorales” suena a “que los partidos vuelvan a contratar espacios en radio y televisión”. O sea, este voto comprometido le hará el caldo gordo a las televisoras quienes, no por casualidad, se entusiasmaron con el señor Martí.
Esto no quiere decir que esté mal eso de contratar tiempo en los medios. Cada quien debería poder hacerlo y lo contrario es, en efecto, una violación al derecho a la libre expresión. Lo malo aquí es que los partidos gastaban el dinero del erario que es el que nosotros damos. De lo malo de la última reforma electoral, le menos malo era eso… en todo caso, ¿con qué se come esa libertad de expresión?, ¿cuántas calorías aporta que un monito pueda hablar libremente contra otro monito? (y no digo que se sacrifique una cosa por la otra, digo que ambas, al mismo tiempo, son esenciales para vivir).
Ahora: ¿eliminar la representación proporcional? ¿Es justo que si un candidato se quedó con el 35.89% se lleve todas las carteras en el gobierno? Y, más allá de la justicia, ¿dará estabilidad a una administración por la que no votó el 65% de la población? La representación proporcional a la mexicana apesta. Cierto. No tienen sentido los senadores plurinominales. Tampoco da mucho poder al ciudadano aquello de votar por la lista completa y no por un candidato de esa lista. Pero con ajustes a ese tipo de representación, los plurinominales tienen cabida en un sistema democrático. Si no, pregúntenle a los alemanes cómo han logrado su estabilidad política. Este país sería diferente, al menos en su dinámica política, con reglas electorales eficientes.
Así pues, “mi voto por tu compromiso” es una empresa loable, pero tiene sus bemoles y sus intereses no tan angelicales como en un primer examen parecen.
Otra vez: la expresión democrática por excelencia es el voto, pero ahí no termina todo. Si alguien de verdad quiere cambiar las cosas en este país sin recurrir a las armas, tendrá que pasar por la actual maquinaria institucional, conocer a la bestia en sus entrañas y, ahora sí, dinamitarla. Bueno, al menos cambiar piezas, limpiar las esquinas de un edificio cada vez más raro, más grande, más inútil y más peligroso.
El estado mexicano no cambiará ni con el voto en blanco ni con el voto de la esperanza, ni con el voto útil ni con el comprometido. Cambiará cuando sus ciudadanos lo cambien.

Categories: Política
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