De visita al reclu II
La jefa del chante. Mis muchachos. El comandante bisnero. Mi compadre. Algunas claves se entienden, otras se deducen. Y de las otras mejor no nos acordamos. Mejor pensar que esta segunda caída en la cárcel es fruto de una injusticia, que se enseñaron por ser reincidente. De lo contrario, ¿cómo explicar que el hermano saliera antes (previa golpiza, fractura de costilla y promesa de cinco mil pesos para terminar de una vez los golpes en una sección llamada COS)? Ahora espera un amparo. Ahí se juegan los próximos cuatro años de su vida.
Estamos comiendo chicharrón. Ya dimos una vuelta al patio donde se venden artesanías y donde un sonido manda saludos mientras dos o tres parejas bailan al son de la cumbia. Hay parejitas que buscan su lugar en las cabañas. Otras ya han concluido su sesión amorosa y van a pasear. Por enésima vez vuelve a pasar el interno ciego con su muchacho de lazarillo, pidiendo limosna. Los vigilantes, los custodios vestidos de negro, altos, fornidos, con armas de alto calibre, pasan para cobrar a los que atienden los puestos. Ha terminado el triste culto cristiano donde diez internos levantaron la mano mientras cantan: “cansado del camino, sediento de ti…” Ya también he terminado mi sesión de indoctrinación. Ha ido a dejar sus productos y ha regresado con las bolsas vacías (ya no conoceré plaza oriente, lugar donde los internos se surten de los mejores productos). Viene la despedida, el pórtate bien. Y la lluvia.
Agua que saca a los roedores de tamaño monumental de las coladeras, que provoca la salida de los amorosos, que rompe lonas, que nos hace reír a todos y que nos hermana con los internos que hacen esfuerzos para que las visitas no se empapan. Agua que parece crecer, que nos recuerda que aquello es, básicamente, un agujero. Y que desnuda la improvisación, propia de este país: los custodios no saben como desahogar ni las coladeras ni a las visitas a quienes el agua les llega a las rodillas, a las mujeres con camisetas mojadas, a los ancianos que se cubren con el bote de la leche de la conasupo, a los niños que lloran, a las madres que gritan que dejen salir
Los custodios improvisan una salida, se contradicen, hacen filas que a los tres segundos se rompen, entregan credenciales con una velocidad que parece lenta mientras el agua ya les incomoda sus botas negras. Fuman nerviosos, ayudan a las mujeres y a los pastores improvisados (yo me dejé querer, desde que entré y hasta la salida). Es Oaxtepec en el reclu.
En la salida nos despedimos. Un par de vendedoras ambulantes ofrecen impermeables. Pero nos miran y una le dice a la otra: “no manches, si ya vienen bien mojados los pobrecitos”. Sonrío mientras me tallo por enésima vez los ojos. Todo es borroso entonces, culpa del gel y de la miopía. Subo al auto, me quito la playera y doy una vuelta obligada: el hoyo del reclusorio se desahogará.

La Jornada / Alfredo Domínguez
Categories: Crónica
Tags: lluvia, reclusorio, reclusorio oriente
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