De visita al reclusorio I

Fuimos a visitar al hijo de una hermana de la iglesia. Allá, en el oriente de la ciudad, un terreno de forma cuadrada, alberga a cerca de 15 mil delincuentes. O de personas a los que el sistema de justicia mexicano considera delincuentes. Y, claro, ya ver el adjetivo mexicano debería encender las luces de la sospecha y de que algo se hace muy mal allá dentro.

Tenía idea de que la corrupción, los abusos y, en general, el catálogo de los vicios del mexicano campeaban alegremente en eso que, en un abuso de optimismo, se denomina “Centro de Readaptación Social”. Sí, la justicia mexicana no castiga, más bien intenta adaptar a los inadaptados. Pero no había visitado esos lugares. Ahora puedo decir que conozco, aunque sea superficialmente, lo más cercano a la selva y el libre mercado de fuerzas e inmoralidades. Adam Smith tuvo que inspirarse en una cárcel mexicana para decir que la mano invisible del mercado regula todo. Porque, aunque México se pudre en medio de la corrupción, afuera al menos hay apariencias que cubrir. Adentro no: el abuso aparece sin máscaras.

Mi compañero me había dicho: ve lo más ligero que puedas, llévate tu Biblia y no se te ocurra ir de beige, el color de la cárcel. Así que este bloger se armó de su religión y de su curiosidad y fue para allá. Vi grupos de gente de dos a cuatro personas, niños, jóvenes, ancianos, mujeres (muchas). Pero al sentimiento de compasión se le antepuso el de la interrogación: y todas esas bolsas, ¿para qué? Es decir, las visitas traían bolsas, como si fueran a vender a un tianguis, llenas de productos que van desde el pastel hasta las botellas de aceite. Es como si fueran a subirse a un autobús guajolotero con todo y el guajolote. Mi anfitrión no sería la excepción: tiene un puesto en la cárcel y hay que surtirlo.

Surtir la tiendita tiene su precio: se tuvo que pagar 100 pesos por bolsa, 300 en total, esperar, convencer, rogar a los custodios para que finalmente el primer trámite, la aduana, pudiera pasarse. Mi compañero me lo había dicho: vas a encontrar un tianguis con todo y visita guiada. Los estafetas, aquellos que se amontonan en la entrada, aquellos que ofrecen buscar a su interno, cargar las bolsas, llevarlos a una mesa para convivir, esos se arremolinan en la puerta que al principio me hizo recordar a Dante y su entrada al infierno pero que, al final, me hizo recordar la entrada a una gran pachanga.

Aquello se parece más a una kermés que a una cárcel. Todo pasillo es flanqueado por “palapas” y, detrás de esas mesas de plástico, con todo y mantel (y horno de micro ondas para calentar la comida) las cabañas, los privados: sí, el lugar donde se da rienda suelta al romance sin necesidad de pasar por los trámites (y los riesgos) de la visita íntima. Hasta que no te sientes con tu visita, ellos te rodearán, si te ven con Biblia te dirán hermano, te ofrecerán el mejor lugar para platicar y pasarla bien. Te ofrecerán comida (hay puestos de tacos, tortas y garnachas) y, por supuesto, localizar entre 14 mil seres al que tú buscas.

Luego, la cuota: cinco pesos, tres pesos, lo que sea. Porque todo tiene precio. Todo. ¿Quiere dormir acostado? Pague. ¿Quiere bajar de los dormitorios al patio para ver a su visita? Pague. ¿Quiere pasar a ver a su familiar? Pague. Baños, camas, mesas, sillas, música: todo tiene su precio. Cuotas ridículas pero que multiplicadas dan cantidades interesantes. El mercado sin regulación del Estado. El capitalismo salvaje en su esplendor.

La hora de visita es el momento de la tregua. Pasean los secuestradores, los que se robaron un gansito en la tienda, los que asesinaron a sus abuelos, el que se robó un elefante. Hombres de aspecto patibulario pero también los gentleman. Y visitantes de todo tipo. En ese momento todo parece tan familiar que hasta pareciera que la están pasando bien, que realmente se rehabilitarán. Los que afuera extorsionan, los que robaron a mano armada, ahora te ofrecen bolearte los zapatos o contarte las mañanitas. Aquí la vida no vale nada, pero todo lo demás sí.


Posted: Junio 21st, 2009
Categories: Crónica
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